CARTOGRAFÍA
Autor: Beto Álvarez
Sección: Narrativas lúdicas
Fecha de publicación: 2017-11-07
No. Dossier: 1
Los que vuelan, suspendidos en el cielo como ángeles barrocos en pose de adoración de su propio cielo, de su propio cuerpo, alados de fuerza y color; los que manipulan, esos que parecen emular deidades antiguas, entre bestias y hombres, como si les surgieran brazos del vacío y capaces manipular el aire que les rodea para que parezca más ligero, como si ellos lo compusieran, lo conocieran en cada átomo y cada molécula; los blancos de nariz sangrante, los blancos de mirada remarcada, los astutos, desnudos y expuestos para provocar la risa liberadora de los ingenuos, los que de la ausencia crean un universo para componer una historia irrepetible y a la vez inolvidable; los fuertes, los indomables… todos, seres de misterioso origen que retan cada ley física existente, dotados de la habilidad de doblar las leyes de la naturaleza hasta antes de romperse y al mismo tiempo ser narradores, de esas leyes, de esa naturaleza.
Para algunos parece que esos hombres y mujeres extraordinarios han estado ahí siempre, bajo sus carpas y en sus trapecios, como una inalterable fuente de asombro y maravilla, pero el circo-espectáculo, el circo-arte y el circo-lugar nacieron, en muchos casos, separados y el paso del tiempo y los viajes de sus nómadas han hecho que se junten al final. No es lo mismo hablar del origen del circo como lugar de espectáculo que hablar del surgimiento de las diferentes expresiones que hoy asociamos con él, se cruzaron y se separaron varias veces a lo largo del devenir de la humanidad y ahora se han reunido para volver a separarse otra vez; porque no es lo mismo hablar del Circo Romano y sus batallas de gladiadores en el Coliseo, como hablar de los bufones y saltimbanquis medievales, abuelos de la figura del clown, presentándose en las cortes reales y en las calles de los burgos; tampoco es igual referirnos a los Patios de Maroma de la época Virreinal en América donde se presentaban funambulistas, adefesios y malabaristas y hablar de los grandes Circos Ecuestres que fueron, de alguna forma, los padres del Circo Tradicional y sus carpas, que albergaron las más diversas expresiones circenses y que dieron pie a la idea popular que se tiene de lo que es el “Circo” o bien, los jóvenes artistas que usualmente toman posesión de los cruceros y comparten sus malabares y pantomimas. Muy diferentes son las ideas de circo antes referidas y, sin embargo, todas ellas, al mismo tiempo, forman parte de lo que el circo es.
Todas estas expresiones artísticas, de forma literal y poética, refieren directamente a la naturaleza cambiante, nómada y mutante del Circo, el cambio es parte de su alma y como ha sucedido antes en la historia, la actualidad de éste espectáculo se está enfrentando a un cambio que lleva un largo tiempo ejecutándose. En un periodo que abarca, al menos, los últimos 30 años, las expresiones circenses que desde principios del siglo XIX fueron arropadas por las carpas, poco a poco comenzaron a salir de ellas y recuperar sus antiguos espacios en las calles o invadir los teatros y los escenarios más convencionales; al circo ya no le bastaba con desafiar las leyes de la física, quería hacer algo más con ese virtuosismo, legitimar su forma del arte y buscar la poesía… surgió así el Circo Contemporáneo.
El circo, como es su costumbre, volvió a mutar, buscaba ahora usar el virtuosismo cultivado por siglos en las figuras ancestrales para ofrecer una forma de poesía que fuera retadora, que asombrara y que privilegiara esa inspiración por encima de la virtud física, que no por ello deja de ser de suma importancia. Esta forma del circo desea comunicarse de una nueva manera con el espectador que siempre ha estado ahí, presente, que nunca ha sido un ente voyerista ausente de la escena, sino parte de ella; el circo también ha aprendido en esos largos siglos y ahora sabe hablar y quiere decir cosas que en la carpa y en la corte nunca dijo, así es el Circo Nuevo. La nueva representación de éste arte cambió con y por la sociedad que le rodeaba, no solo era nueva la idea de éste circo, el mundo entero se cimbró cuando la década de los 80 terminó; cuando esa década cayó, un Muro, un régimen y una manera de concebir el mundo también. El nuevo cuerpo que el circo comenzaba a poseer no era otra cosa que la respuesta a esa historia nueva que la humanidad creía que estaba escribiendo, pero así como el Circo Contemporáneo nació respondiéndole a un mundo en transformación, su destino era seguir respondiendo mientras ese mundo se fuera madurando.
El mundo comenzó a abrazarse a sí mismo, en parte por miedo y en parte con esperanza, al frente se asomaban otros mil años con otra denominación, un cambio de siglo y un cambio de milenio hacían ver a la humanidad como sobreviviente, como si triunfara, como alguien que termina un maratón o alcanza una montaña… el mundo quiso cambiar, por fuerza o por maña, el mundo quiso cambiar porque la fecha lo ameritaba. El nuevo milenio trajo ideas de todo el mundo, como dije, el mundo se abrazaba a sí mismo, compartiendo lo que tenía, o lo que podía, lo países cambiaron y quisieron ser todos iguales, al menos parecidos, abrazar las mismas ideas y formar una comunidad global. Todos esos abrazos de miedo y esperanza hicieron que muchos en el mundo cambiaran la mirada, ya había cosas nuevas que ver, ya no había que preocuparse por las bombas o por los muros y entonces, al circo se le comenzaron a hacer preguntas… y el circo tuvo que responderlas… todas.
A pesar de ser una forma de arte antigua, tan antigua como la presencia humana en el territorio, apenas en el año 2005 el gobierno mexicano reconoció al circo como parte de las expresiones del arte escénico, al día de hoy, tan solo 11 años, cuando su presencia se remonta a los pueblos prehispánicos y ya como circo, propiamente dicho, al menos 200. Quizás su nueva forma poética también fue la respuesta a la necesidad artística y la institucionalización gubernamental de las artes, esa poética, nueva o no tanto, ya lograba algo para sí misma, mientras ayudaba a mantener el mito del circo de carpa que conservaba su forma, su propio asombro y convivía plácidamente con ese nuevo circo que aún permanecía joven junto a él; pero así como al circo se le otorgaban títulos como a un hidalgo, se le exigiría en consecuencia. Las ideas, hijas casi todas del nuevo siglo, pero más aún, hijas naturales de las crisis y de la atención que por fin se le prestaba al mundo, miraron al circo y su afición por desafiar las leyes de la naturaleza y le cuestionaron. Ésta historia sí que la conocemos: hubo un tiempo de otras formas de gladiadores y fieras, hubo un tiempo en que la naturaleza se presentaba para pelear su batalla y defender su terreno. Hubo un tiempo en que animales había en los circos.
El cuestionamiento era producto de su tiempo, era hijo de los miedos de los nuevos seres humanos que veían en su mundo las crisis que por siglos ignoraron, era la necesidad y la culpa. Los nuevos hombres querían devolverle a la naturaleza el equilibrio que por siglos le robaron, «¡no más animales en los circos!» gritaron. El 9 de diciembre de 2014, la Cámara de Diputados aprobó la Ley General de Vida Silvestre, ésta fue resultado de las demandas e inquietudes de la población sobre la vida de los animales que eran utilizados para espectáculos de diferente índole, pero que era una medida que afectaba especialmente a los circos que por años mantuvieron a los animales como parte central de sus actos y que, en buena medida, eran el atractivo de los circos (desde el Circo Romano, hay que decirlo). Esto fue quizás la estocada final de la transición, mientras que el viejo que se vestía de colores encontraba en éstas ideas nuevas y leyes mal planteadas el principio de su ocaso, el joven poeta ofrecía la alternativa para compartir su visión del mundo sin desdeñar los colores de la carpa que tanto tiempo le arroparon.
La ley buscaba responder a la inquietud inmediata, a lo visible, fue una respuesta fácil y por eso falló. Si bien, se prohibía el uso de animales por parte de circos y otras formas de espectáculo (las cuales no incluyeron zoológicos, corridas de toros o peleas de gallos), no se planteaban alternativas para la conservación de la vida y buen desarrollo de éstos, cosa que, en apariencia, era la respuesta que pretendía dar ésta ley. Se censaron aproximadamente 300,000 animales en 80 circos en todo el país hasta el año en que se aprobó la ley, un año después se reportó que sólo 300 habían alcanzado la posibilidad de ser cedidos a albergues o a otros sitios de conservación, otros tantos vendidos a coleccionistas o taxidermistas y que una cifra cercana a los 4,000 serían sacrificados, la tragedia fue para todos.
El panorama resultante fue trágico, esa sí fue una estocada directa, un “rejón de muerte”, muchos circos cerraron por falta de público, las funciones no se llenaban y la gente no iba, ¿es acaso que los animales en los circos eran el atractivo o que había un resentimiento en la población por haber mantenido a estos en cautiverio? Todos perdieron, excepto un partido político, afectando a una industria mediana para su propia supervivencia. La idea, la vieja fotografía del circo, el mito dentro de la carpa del hombre contra la bestia, desafiar la naturaleza, se desvanecía, se convertía en una memoria hecha de la misma melancolía de la que está hecha en los relatos infantiles el propio circo.
El domingo 28 de septiembre del 2014, el Circo Atayde Hermanos, uno de los más emblemáticos del país, daba su última función con animales, hace apenas unos meses, el 21 de mayo, el Circo Ringling Bros and Barnum & Bailey, uno de los circos más importantes del mundo, dio su última función y anunciaba su cierre asolado por circunstancias similares. Un velo, una carpa sombría como ninguna otra se posaba sobre la idea que la humanidad había acuñado de lo que era el circo y la ensombrecía de duda y rencor, de cuestionamientos éticos y morales y después de un rato, les hizo dejar las butacas vacías para marcharse a perseguir otra causa justa.
El circo nuevo, el poeta, el joven, más que encontrar la posibilidad de poder volverse la nueva idea del circo, se enfrentó al reto de tener que llenar esas butacas, con carpa o sin ella. Ese circo nuevo habita ahora teatros y plazas con la nostálgica voz del fantasma de la carpa que usualmente, y más veces de las que deseáramos, asusta a los viejos públicos y otras a los nuevos con su sombra.
Después de 200 años de historias de asombro y danzas con bestias, se vuelve necesario volver a sembrar el circo como si no hubiera existido la carpa o como si fuera un recuerdo ancestral, hoy ya ha nacido una generación que jamás conocerá un circo con animales y solo escuchará sus leyendas. Hoy, los padres y los hijos del circo contemporáneo tenemos la responsabilidad de devolverle su maravilla a pesar de su discreción.
El circo dejó de ser el gigante colorido y se volvió el hombre discreto y elegante, excéntrico, pero ya no gigante y gigante es lo que nos corresponde (de)volverlo.