CARTOGRAFÍA

Título: Es cristiano perdonar
Autor: Señor Facha
Sección: Circo papelito
Fecha de publicación: 2017-11-07
No. Dossier: 1


Sobre Miguel Lubitsch convendría saber dos cosas: Número uno, que su verdadero nombre no es ese. Número dos: que además de ser el (autoproclamado) mejor sindonólogo del mundo, se gana la vida como payaso. Ocupa, desde hace unos diez años, un cuarto lleno de polvo sobre la Vía Roma a escasas cuadras de la Piazza Castello, en Turín. Llegó ahí casi por accidente, itinerando con un pequeño circo francés con cuyo director terminó de pleito, ya no recuerda porqué, aunque no importa demasiado. A veces, cuando está particularmente ebrio de grappa o de vino barato, que compra a ochenta céntimos de euro con un ucraniano, Lubitsch recuerda, o cree recordar, más bien, la afrenta que le hizo ese director de circo empalagoso. Le recuerda el acento francés, la baja estatura y el olor a hiel saliendo de la boca. Le recuerda el ojo de vidrio, también, y la escasa barba negra y rala, como de puberto, que le salía de la cara sin el menor orden o respeto. No recuerda mucho más. No recuerda, por ejemplo, qué lo llevó a discutir con él. Tampoco recuerda cómo era su relación antes de aquel pleito en los camerinos. El director de circo francés, ese gitanillo pardo, insignificante, es para él solo una colección de deformidades y está bien, piensa, mientras le da un trago a su grappa. Está bien que sea así. Hay que perdonar. Es cristiano perdonar.

Cuando recién arribó a Turín, Lubitsch era un descreído. Salió de su país así, descreído y en la Sábana Santa encontró lo que necesitaba para no abandonarse a sí mismo a la desesperación. La realidad de lo que sucedió cuando Lubitsch estuvo frente al Santo Trapo es, obviamente, más compleja. Pero él nunca tuvo tiempo, piensa, para las complejidades. Las complejidades, piensa mucho más aún, vienen desde Satanás. Todas. No hay nada simple que engendre el maligno y nada complejo viene de Dios. Dios, es una unidad simplícima, sacra. Quien respeta esa unidad habita la gracia divina. Quien no, la pierde. Punto. No hay más que añadir. La religiosidad de Lubitsh, valdría la pena decirlo, no proviene de ningún análisis considerable sobre los pros y los contras de la religión o sobre mitología comparada. Miguel Lubitsch dejó su país justo para no tener que vérselas con esos temas.

—Es prometedora tu vida, mi amor —le dijo su madre dos días antes de que se embarcara.

—Tienes talento —Señaló el papá —úsalo bien, hijo, no lo desperdicies. Estudia. Y si después quieres actuar, actúas.

—Puede ser un gran hobby, hijo —volvió a intervenir la señora —Puedes ser un abogado culto, un excéntrico ¿No te gustaría? Un doctor con personalidad. Un ingeniero bohemio…

Lubitsch dejó de escuchar (en realidad no estuvo escuchando nunca). Fingió hacerles caso (como había fingido antes que su interés era la bohemia) y subió a su habitación con los hombros caídos y el paso de un condenado a muerte. Nunca hubo escena más triste en casa de la familia Lubitsch (aunque ese no era el apellido). Por dentro, claro, reía. Dos días después, con dinero que le sustrajo a un amigo al que le garantizó postales y la posibilidad de hospedarse con él en un hipotético viaje a Europa (nunca volvió a contactarlo), Lubitsch dejó su país con destino a Francia, primero, Inglaterra, después, luego Irlanda, Rusia, Turquía, Rumania, Hungría, Austria, República Checa, Francia otra vez y finalmente Turín.


Ahí sentó cabeza, si se le puede llamar a eso sentar cabeza y desarrolló una pasión que no solo se añadía al ejercicio humorístico, sino que la complementaba de una manera exquisita.

—Soy un payaso. Gritó un día ebrio de grappa desde el balcón principal de su apartamento —pero también un teólogo ¿Teólogo, me oyen? un teólogo empírico y demostraré… hip… demostraré un puto día …gurp… que la Sábana Santa es real y que es Dios nuestro señor lo que está ahí. Ahí ¡engrapado! ahí… hip… a la puta…beerp… Saaana Santa… hip.

La pretensión del pobre Lubitsch terminaba, por supuesto, en una serie de circunstancias bastante tristes que le hacían casi imposible ver realizados sus sueños, por lo menos en lo referente a la sindonología. En el lado de la payasada, lo tenía todo más fácil. Hacía un acto, bastante políticamente incorrecto, en donde imitaba a un nazi y fingía que el resto de los payasos eran prisioneros de un campo de concentración. Al finalizar el acto, los payasos-prisioneros resolvían una conjura contra él y lo obligaban a subir, a base de engaños, a un enorme poste en medio del escenario. Una vez arriba, Lubitsch, cuyo personaje se jactaba constantemente de su valentía, era retado por todos, incluidos sus dos patiños, que también vestían uniformes nazis, a dar un salto al vacío. Muerto de miedo, Lubitsch obedecía y se dejaba caer, para luego hacer una enorme pirueta en dirección a un trapecio y finalmente precipitarse sobre un trampolín gigante de color anaranjado que simulaba unas fauces de un dragón hecho de llamas. Poco a poco iba brincando más bajo y más bajo, hasta que se tendía boca arriba sobre trampolín y lanzaba gritos de terror como si estuviera ingresando al infierno. Mientras el personaje de Lubitsch agonizaba, los demás fingían una fiesta impresionante de la que hacían partícipes a los asistentes y después daban las gracias y se despedían para siempre, pues ese era el acto final.

El autor de la fantasía era el director del pequeño circo-teatrito donde Lubitsch trabajaba. Se trataba de un anarquista al que todos decían “Napoletano” aunque en realidad era calabrés: Giuseppe, Beppe, “Napoletano” Calcetino. Sobre Napoletano Calcetino circulaban en Turín toda clase de rumores: Que era un obrero renegado; que había estado preso; que la Italia más oscura había encarnado en su cuerpo, atlético hasta hace una década, pero cada vez más fofo y nudoso, replegado sobre sí mismo; que había aprendido a leer tarde, hacia los 23 años, gracias a la caridad de un monje cartujo. Todo era mentira, claro. Fantasías de poetastros esquizofrénicos y burócratas empobrecidos y ebrios, la chusma que visitaba el teatrito, básicamente. La realidad es que Napoletano, si bien no había tenido una vida demasiado privilegiada, provenía de una de las familias de mayor abolengo en Conza della Calabria: un pueblecito costero donde apellidarse Calcetino garantizaba que cualquiera te haría una reverencia al caminar. Este cruce de identidades, esta impostura, si le quiere ver así, que intuían el uno en el otro, estableció una complicidad fortísima entre Lubitsch y Napoletano. Para Lubitsch, Napoletano era una especie de guía, un mapa del porvenir. No precisamente un modelo. Un antimodelo, más bien. Una amenaza, incluso, pero en un tono amistoso. Un manual de “qué no hacer”. Napoletano, por el contrario, veía en Lubitsch el reflejo de su pasado y se sentía obligado, en cierta forma, a conducirlo por el camino del bien, a convertirse un poco en eso que él era ahora y, quien sabe, quizá fundar su propio teatro o hacerse cargo de “La Tarantella[1] luego de su fallecimiento que, por muy obvias razones, sentía cada vez más cercano, como un peso que lo oprimía contra el suelo y lo hacía retorcerse no tanto de dolor sino de angustia ante la posibilidad de que el teatrito se desintegrara para siempre.

Las cosas se complicaron para los dos en el momento menos oportuno. A la oficinita que Napoletano Calcetino mantenía junto al teatrito llegó un telegrama muy extraño: “Aspetta me a dodici anni. Tua F[2]. Hacía un calor anormal esa mañana y una legión de payasos esperaba afuera de la oficinita para exigir a Napoletano dos cosas: en primera instancia, su salario, que no se pagaba desde hacía un par de semanas; en segunda, que se autorizara a los patiños a hacer el espectáculo nazi sin las tremendas gabardinas que habían de llevar función tras función. A Napoletano esos asuntos lo tenían sin el menor cuidado. Era anarquista, no mago. Si no pagaba ese adeudo era porque no había dinero. Respecto a lo de las gabardinas, ni hablar. Se había hecho de un nombre como un adicto a la verosimilitud y no iba a renunciar a ello ahora que convenía tanto garantizarle una buena vejez a “La Tarantella”. De mala gana despidió a los trabajadores y concentró toda su energía en el telegrama. El remitente no era claro. Tampoco la F, al final del documento. Todo eso resultó superfluo cuando, dos horas después, apareció en la oficina una chica pelirroja de unos 20 o 22 años de edad. Llevaba el cabello anudado en una gruesísima trenza y en la mano izquierda, traía un libro en un evidente estado de deterioro. Detrás de ella, como si fuera su sirviente personal, venía un mozo de la Stazione Centrale di Torino. El mozo, un sujeto moreno sin gracia, llevaba con él una valija que a todas luces era de la chica. La dejó junto a la muchacha y después sonrió estúpidamente como si estuviera ejecutando la imitación de algún mono o algo por el estilo. Pretendía, eso también era obvio, que le dieran una propina por lástima. Hay mozos de las estaciones centrales que son muy seguros de su trabajo. Él no. Él tenía que hacer su papel de patiño.

Por toda propina, la chica le devolvió una sonrisa. Tardó un poco en comprender que no obtendría ni una lira dentro de la oficinita. Se alejó mascullando algunas cosas en piamontesse que nadie llegó a comprender. Menos llegaron a comprender aún, los concurrentes de la oficinita, qué debían hacer luego de que la partida del mozo. La chica comenzó a caminar de un lado a otro. Calcetino, se replegó sobre su asiento y se hundió en él hasta desaparecer casi por completo. Luego se pegó un tiro. Sacó una colt que mantenía debajo del escritorio y se voló los sesos contra la pared. La chica tardó en entender qué era lo que sucedía. Un patiño, de los que protestaban por las gabardinas, entró en seguida y marcó a los carabinieri. Antes de tomar el teléfono, estuvo aleteando con las manos de un lado a otro. Luego tuvo una crisis terrible, una crisis de tos. Se sentó frente a lo que quedaba de su antiguo patrón. Miró la cabeza partida. Miró los retazos de sangre, sobre la pared. Tuvo un reflejo de vómito. Cerró los ojos. Tomó el teléfono y marcó.

—¿Bueno, i carabinieri?... Sí… un cadáver… Vía Lampedussa 287… No… Es un teatrito, sí… Ajá… Azul… No… Bueno, sí… urge… No, para nada… Ajá… Gracias… Los espero…

Mientras Calcetino se descomponía dentro de la oficinita, Lubitsch se hinchaba de grappa en su apartamento. Había bebido ya dos botellas y aún le faltaba, creía él, para alcanzar el nivel de ebriedad necesario para olvidar la trágica noticia que acababa de recibir en el tendajón del ucraniano donde se abastecía de alcohol. Mientras realizaba su compra matutina, al payaso-sindonólogo se aproximó un anciano casi ciego que, un par de veces, había intercambiado palabras con él en las escaleras del edificio[3]. El anciano, que traía un periódico en una mano y una bolsita de papel con una baguette en la otra, le dijo a Lubitsch que, por enésima vez, las pruebas de carbono 14 habían demostrado que el sudario de la catedral era del siglo XIV y no de la época de Cristo.

—Así es, mi queridísimo Teólogo. Una vez más, la ciencia se impone sobre la superchería. Creo que te quedas sin trabajo, mi amigo. Creo que te quedas sin tu distracción querida, ¿eh? No es tan malo, amigo. No es malo en verdad. Ahora te queda la grappa. Y eso es bueno ¿eh? Grappa e buona per tuo cuoro, mio amico. Yo me abandoné a la grappa, alguna vez, pero no importa. No es tan malo como parece. Questa e la vendetta della scienzia

El viejo hablaba con una voz muy áspera y su aliento dejaba escapar un tufo terrible y agrio cuyo origen Lubitsch no supo identificar. Se quedó mirando hacia su interlocutor, que le lanzaba una sonrisilla estúpida bajo su nariz de cuervo. Miró a la baguette que sostenía con la mano izquierda. Le pareció terriblemente deforme. Como si el viejo, con sus lentes de botella, hubiese sopesado cuidadosamente cada pan sin quedar contento hasta tomar el que tuviera más grumos en la superficie. Miró al ucraniano, quien sonreía aún más estúpidamente que el viejo, luego volvió al viejo, quien levantó el periódico y se lo restregó en la cara.

—Vea —decía —vea bien. Está usted acabado, terminado, finito. Está ciudad también ¡mamma mía! Esta ciudad va a morir, jajaja. Vea bien, le digo. Lea bien la primera plana. La prueba es definitiva, concluyente. No es auténtica esa cosa ¡Si Garibaldi viviera! Oh, si el Benemérito Carducci viviera y Malatesta y todos los carbonieri. Jajajaja. Le digo, señor, le digo, hoy ya venció la diosa Razón. No tiene caso seguir empantanándose el cerebro con esas ideas peregrinas. Entre en razón, le digo. Lea más. Abra su mente ¿Ve estos lentes tan enormes? de tanto leer casi quedo ciego. Usted debería hacer lo mismo. Debería seguir mis pasos. Yo puedo ayudarlo, le digo. Pase a mi departamento. Vuélvase un hijo de la razón. Deje de ser una bestia. Mire hacia la luz, le digo…

Lubitsch salió corriendo. Subió rápido las escaleras. Bebió durante una hora y media y después, cuando ya caía el sol sobre la ciudad impía (Qué fea le parecía Turín bajo la posibilidad de que la Santa Manta fuera un fraude), se dirigió a toda prisa a La Tarantella para preparar su acto. En La Tarantella, por supuesto, las cosas no estaban sencillas. Inspectores y carabinieri habían llegado desde diferentes puntos de la ciudad para verificar qué había sucedido con Calcetino.

—No —decía un patiño a un oficial, mientras señalaba hacia la mujer pelirroja —llegó esa mujer y Napoletano estaba muerto... No digo que haya sido ella. No me malinterprete. No me gusta culpar así a la gente ¿entiende?... A mi padre lo mataron en prisión… Era un anarquista... En los anni di piombo, sí. Intentó matar al papa… ¿Que si lo logró?... Obviamente no… No, fue a Paulo VI… ni siquiera salió en las noticias. Lo descubrieron antes de que pudiera hacer nada… En Módena… No, yo no supe hasta los 22… No, yo no soy anarquista… No sabía que Napoletano era anarquista… a decir verdad, nunca lo hubiera pensado, parecía judío… No, tampoco soy antisemita, pero me eduqué a la antigua, ¿entiende? con curas, me enseñaron a decir “judío” por tacaño… Nos debía dos semanas de sueldo… Obvio que no fue ninguno, no, todos somos compañeros… Tampoco hubo conspiración, somos payasos, no asesinos… Sí, ya sé que suena escabroso…pero no, le digo que…

La muchacha permanecía en una esquina fumando bajo la sombra de un ciprés. Era muy elegante, su manera de fumar. También su ropa era elegante. Llevaba un vestido largo que le cubría hasta debajo de las rodillas. Ya no estaba de moda ese tipo de vestidos. Tenían años sin verse en la calle y aun así a la chica se le veía bastante bien. Cubría casi todo su cuerpo. Era maravilloso y Lubitsh, quien no podía quitarse de la cabeza la posibilidad de que toda su vida (toda su vida ‘sensible’, diría él) hubiera sido un fraude, alcanzó a notarlo.

—Es la hija de Napoletano —el patiño al que no interrogaban se acercó a Lubitsch por detrás —llegó hace unas seis horas. No habla un buen italiano. Se comunica en francés y eso, porque ninguno de nosotros sabe hablarlo. No hay otra forma de sacarle información. Al principio, ella era la sospechosa. Pero ya no, el jefe de los carabinieri dice que ella no parece haberlo ultimado. Ella dice que se suicidó. Es lo único que hemos sacado en claro y al parecer así fue, porque la pistola estaba a unos centímetros de su cuerpo. Toda llena de sangre. La hubieras visto, Lubitsch. Hubieras visto la escena. Pensábamos cancelar la función, pero la vamos a dar todavía. Los boletos, después de todo, ya estaban muy bien vendidos. No es como que vaya a pasar algo si cancelamos. Digo, nuestros clientes son gente patibularia. Personas patéticas, tristes, pero creemos que es lo más sano ¿no? dar esa función. Lo más sano. Lo es ¿verdad, Lubitsch? Tú piensas como nosotros. Eres un genio, la estrella de este tugurio. Harás lo tuyo ¿Verdad, Lubitsch? por la noche. Si todo sale bien se nos pagará mañana. Luego cada quien se irá a su casa a ocuparse de su vida ¿Tienes una vida aparte, verdad? Casi nunca hablamos Lubitsch, eso me deprime. No hay nada peor que un payaso deprimido, pero qué rayos. A trabajar. No quiero sonar como el que está a cargo aquí, después de todo, solo soy tu patiño. Tú eres la estrella. Eres más joven que yo, te doblo en edad, pero tú te llevas el acto, figlio di putana. A trabajar. Quizá deberías despejarte. No te noto bien. Para los jóvenes como tú, estas cosas son demoledoras. Así fue cuando se murió mi madre, yo era un crío. Me criaron mis abuelos. Vivíamos en Scondogliano di Po, un pueblecito terrible, Lubitsch, el edificio más grande era la estación del tren. Ni siquiera creo que siga habitado, pero qué te digo, solo te estoy aburriendo, qué rayos, qué te digo. Llévate a la ragazza de aquí, llévala a dar un paseo, a la catedral, a ver el sudario ¿Qué putas sé yo? No es lugar para una dama, Lubitsch. Ya nadie piensa en las damas. Llévatela, anda, regresas en una hora para que comience el acto…

Lubitsch estaba muy confundido, pero no tuvo oportunidad de aclarar nada porque el patiño que acababa de hablar con él se apersonó junto a la chica y, con manotazos y gesticulaciones desproporcionadas, le dio a entender que debía seguir a Lubitsch. Ella sonrió, de una manera bovina pero encantadora y caminó hacia donde estaba el sindonólogo cricense. Le tomó un brazo, en un gesto que a él le pareció desproporcionado y después lo jaló como dándole a entender que quería alejarse de ahí lo antes posible. Durante unos 20 minutos erraron por diversas calles sin el menor atractivo para una chica extranjera: edificios grises, basura, más edificios, palomas comiéndose la basura. No era muy diferente al barrio donde sobrevivía Miguel Lubitsch con lo que ganaba en La Tarantella. De vez en cuando, pasaban por alguna tienda de chinos, o de rumanos, o búlgaros o ucranianos. Un par de veces, la tienda estuvo atendida por magrebíes. En cada una de estas tiendas, la pelirroja compraba alguna porquería: En la primera compró una botella de agua; en la segunda una naranja; en la tercera un dulce japonés, en la cuarta, comida para peces; en la quinta una flor artificial; en la sexta, un tarro de leche y en la séptima, un par de lentes oscuros. Arrojó todo eso en una pequeña bolsa que le dieron en la primera tienda y caminó balanceando su bulto entre las calles del centro de Turín. A Lubitsch no dejaba de resultarle extrañísimo que ella estuviera tan fresca mientras su padre yacía congelado en alguna puta morgue. Había algo en su modo de caminar, en su sonrisa, sus ademanes y hasta su vestido que la hacían terriblemente peligrosa. Todo un sujeto psiquiátrico. En la mano que no cargaba la bolsa, llevaba aún el libro desgastado. Lubitsch intentó mirar la portada, pero le resultaba imposible. Las letras y la imagen estaban bastante borrosas. Era grotesco, más si se tomaba en cuenta el contraste que había entre el libro y el vestido liso y elegante de la pelirroja.

Lubitsch trataba de pensar lo mínimo posible en esas cosas. Mientras caminaban sobre la Via Camillo Cavour, consideró varias soluciones para un problema que ponderaba como muchísimo más serio incluso que la muerte de su patrón. Después de todo, se repetía a sí mismo, la suerte de un hombre es algo completamente accidental y fortuito dentro del universo. No cambia gran cosa, pensaba, que un individuo en particular viva o muera. Claro que esta no era una regla general ni muchísimo menos. Había hombres excepcionales, hombres cuya vida o cuya muerte era capaz de producir cambios trascendentales. Ideas con estos niveles de vulgaridad eran las que circulaban por la cabeza de Lubitsch mientras andaba junto a la mujer por calles cada vez más insufribles de lo monótonas y grandilocuentes que resultaban. Al final, se rindió, encaminó sus pasos a la catedral, cruzó la nave lateral norte y entró, sin detenerse un solo minuto a tomar aire, en la capilla de la Santa Sindone. Dos turistas estadounidenses obstruían el acceso a la Sábana, los apartó con violencia. Casi podría decirse que los remolcó hacia una esquina y los dejó ahí, con sus cámaras, petrificados. Volvió hasta el altar y contempló la reliquia. Cada fibra, se repitió de nuevo, como cuando diez años atrás entró por primera vez a la capilla, es magnífica y genuina. El trazo no es de manufactura humana. Es más difícil pensar que esto lo hizo un artesano medieval que aceptar el simple y magnífico hecho de que fue la voluntad divina la que trazó esta radiografía[4]. Si eso no podía haber sido una obra humana, tal como Lubitsch afirmaba basado en lo que consideró era “evidencia irrefutable”, pero las pruebas dictaban que solo tenía 700 años, entonces había dos posibilidades: la primera era que las pruebas mintieran. Pero eso no era convincente. El carbono 14 tenía que ser infalible, o de lo contrario, irrelevante. La segunda era muchísimo más escabrosa ¿Y si era la historia la que mentía? El frío bajó de la cúpula llena de grecas hasta los pies semidesnudos de Miguel Lubitsch quien, por primera vez en una década, se sintió avergonzado por utilizar ese nombre y tuvo deseos muy profundos de pronunciar, en la voz más alta posible, su nombre verdadero ¿porqué Lubitsch? pensó ¿qué intentaba parecer? ¿un alemán? ¿austríaco? ¿por qué Miguel?. Sin ser un gran conocedor de la historia, Lubitsch consideró que era obvia una conspiración. Se nos había hecho creer que el mundo era muchísimo más antiguo. Que el cristianismo era muchísimo más antiguo, pero los datos eran demoledores: Cristo vivió hacia lo que considerábamos era el año 1300 de nuestra era. Murió en 1333. No había manera de refutarlo ¿los escritos? ¿los annales? Eso era pornografía, casi. Estupidez erudita, puro humo. La verdad nos la traían juntas la ingeniería y la Fe. La historia era prescindible. Hasta peligrosa.

El falso alemán dejó la capilla de la Sindone lo suficientemente rápido como para no encontrarse con el policía al que los turistas estadounidenses mandaron llamar. En una banca de la Catedral, lo esperaba la pelirroja, con su libro apretado al regazo. Lubitsch se sentó junto a ella y le quitó el libro. Lo hojeó. Era una novela aburrida, en francés, sobre algún evento menor de las guerras napoleónicas. Arrojó el libro lo más lejos que pudo. La pelirroja lo miró muy fijamente.

—Es una mentira —dijo él en su lengua materna —casi todo es una mentira, una desgracia, una porquería —Ella asintió con la cabeza y sonrió —Ni siquiera me llamo Miguel Lubitsch y tampoco vine aquí a actuar, en realidad. Yo a lo que vine fue a…

Se detuvo cuando descubrió que ella no lo seguía. Ni siquiera entendía lo que estaba diciendo. Consideró hablar con ella en francés, en su pésimo francés, pero se contuvo. No tenía caso. Apenas la conocía y, si lo que se decía era cierto, su padre se había suicidado enfrente de ella. Consideró darle el pésame o expresarle de alguna manera dolor por la muerte de Napoletano, pero desistió. No la conocía, eso era un hecho. Además, a ella parecía no interesarle en absoluto. Lo que hacía en esa ciudad, al final, podría bien tener muy poco que ver con visitar a su padre cirquero.

—Eso nos hace similares —le dijo, ahora sí en francés —que somos unos mentirosos, actores, pura simulación…

Más como si buscarla callarlo que como una verdadera muestra de pasión, la chica lo besó en la boca y después se río y desvió la mirada. Él se quedó estupefacto. Fueron a la Tarantella, dónde él se maquilló como líder nazi. Estuvo ensayando sus diálogos durante unos veinte minutos. Se miró en el espejo, lucía genial. Ya se veía envejecido, pero eso no era tan importante. Poco antes de salir a escena, convencido ya plenamente de que la historia moderna era una absoluta falsificación, Miguel Lubitsch recordó, por única vez en su vida, los motivos de la discusión con aquel cirquero francés. Lo había descubierto, a Lubitsch. No solo su identidad, sino también qué demonios hacía en Europa. Lo había descubierto y lo había puesto en evidencia, en cierta manera. Por un momento todo se desmoronó. Lubitsch experimentó pánico, ira, terror. La verdad podía salir a la luz en cualquier momento. Debí haberlo liquidado, pensó. Debió quedar como Calcetino, muerto sobre el escritorio. La certeza absoluta que tenía ahora respecto a la Sábana Santa, lo hizo eliminar esos pensamientos. Hay que perdonar, se repetía, es cristiano perdonar. Ya no salió nunca a escena. Buscó inútilmente entre las gradas a la chica pelirroja. Le preguntó por ella al tramoyista, quien no le supo dar razones. La oficina de Napoletano estaba rodeada de cinta amarilla. Lubitsch encendió un cigarro. Mi último cigarrillo en Turín, pensó. Luego salió hacia la calle y caminó hacia la oscuridad, de regreso. Nunca volvieron a verlo.

 

 


[1] Ese era el nombre, resumido, que tenía el teatrito de Napoletano. El nombre real era mucho más largo. Algo así como “La tarantela due stelle” o “La Tarantella Luminosa”, “Trantella al mezzogiorno”, a “la mezza luna”. Ya no recuerdo, pero no importa tanto. En realidad, es establecimiento llegó a acumular sus buenos 17 nombres. Cada dos meses, o algo así, Calcetino hacía alguna modificación al acompañamiento de “La Tarantella”, que hacía totalmente vano recordar los otros vocablos.

[2] “Espérame a las doce. Tu H”

 

[3] Desde 1981, en el edificio no había ascensor. Es decir, había posibilidad de un ascensor, ahí estaba el hueco, pero no había ascensor, ni poleas ni nada. Solo una columna vacía por donde circulaba aire frío que se repartía después, en partes iguales, entre los distintos apartamentos del edificio.

 

 

[4] Muy versado en literatura sindonológica pero muy poco en literatura en general y menos aún en literatura radiológica, Lubitsch insistía en llamar a la pieza “radiografía”